Cuando se habla de la próstata, la sombra del cáncer suele acaparar toda la atención. Sin embargo, los urólogos atienden a diario dos afecciones que, sin ser malignas, generan molestias significativas y afectan la rutina de los pacientes.
El Instituto Nacional de Diabetes y Enfermedades Digestivas y Renales de Estados Unidos (NIDDK) señala que los problemas prostáticos más comunes incluyen la prostatitis, la hiperplasia prostática benigna (HPB) y, por supuesto, el cáncer. La diferencia fundamental es que las dos primeras no aumentan el riesgo de desarrollar un tumor.
¿Qué es la hiperplasia prostática benigna?
La HPB es, probablemente, la compañera inevitable del envejecimiento masculino. La Asociación Urológica Americana estima que afecta a aproximadamente la mitad de los hombres mayores de 50 años y a casi el 90% de los mayores de 80. Se trata de un agrandamiento del tejido prostático que comprime la uretra, como si se apretara una pajita por la que pasa la orina, y provoca síntomas como flujo débil, ganas frecuentes de orinar —especialmente de noche— y sensación de vaciamiento incompleto.
La prostatitis: inflamación que no siempre es infección
El otro gran protagonista benigno es la prostatitis, un término que engloba varias formas de inflamación de la glándula. El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos explica que es el problema urinario más común en hombres menores de 50 años y que afecta a casi la mitad de ellos en algún momento de la vida. No obstante, no todas las prostatitis son iguales: existen formas bacterianas agudas y crónicas, y una variante no bacteriana conocida como síndrome de dolor pélvico crónico, que es la más frecuente y también la más difícil de diagnosticar y tratar.
Los síntomas pueden incluir dolor en la pelvis, la ingle o la zona lumbar, además de molestias al orinar. La Clínica Mayo detalla que, en los casos bacterianos, el tratamiento se basa en antibióticos que pueden extenderse entre cuatro y seis semanas, o incluso más si la infección se vuelve crónica. Para el síndrome de dolor pélvico crónico, el enfoque suele ser multimodal: alfabloqueadores para relajar el cuello de la vejiga, analgésicos, baños de asiento tibios y, en algunos casos, terapia psicológica para manejar el dolor persistente.