Pérdidas de orina: así hay que actuar para solucionar este problema que muchas mujeres ocultan

Reírse a carcajadas, salir a correr o simplemente estornudar en el momento menos oportuno. Situaciones tan cotidianas como estas pueden desencadenar una pequeña pérdida de orina. Lo sorprendente es que, pese a afectar a millones de mujeres, sigue siendo un problema que con frecuencia se normaliza y del que apenas se habla. En este escenario, conviene desterrar una de las creencias más extendidas: la incontinencia urinaria puede ser frecuente, pero no es normal. Y, sobre todo, tiene tratamiento.

Una de cada cuatro

Se calcula que una de cada cuatro mujeres adultas experimentará algún grado de incontinencia urinaria a lo largo de su vida. Aunque aumenta con la edad, también afecta a mujeres jóvenes y activas, pero sigue siendo un trastorno invisible del que se consulta poco. A menudo pasan años antes de que una mujer decida pedir ayuda y es frecuente que simplemente asuma que es «lo que toca» después de haber tenido hijos.

«Todavía persiste la idea de que perder orina es una consecuencia inevitable de los partos, la menopausia o del envejecimiento. Por eso muchas pacientes acaban adaptando su vida a las pérdidas en lugar de consultar», explica la doctora Noemí Pérez León, coordinadora del Grupo de Trabajo de Nefrourología de Semergen (Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria).

El problema es que esa resignación termina pasando factura. Las pérdidas de orina pueden afectar al sueño, a la vida social, a las relaciones de pareja, a la práctica deportiva y a la autoestima, pese a que existen tratamientos eficaces para la mayoría de los casos.

La incontinencia urinaria puede aparecer en cualquier etapa de la vida, aunque existen circunstancias que aumentan el riesgo. El embarazo y el parto figuran entre las más importantes, ya que durante esos meses el suelo pélvico soporta una gran carga y algunas de las estructuras encargadas de sostener la vejiga y la uretra pueden debilitarse.

También influyen la menopausia, el exceso de peso, el estreñimiento crónico, determinadas enfermedades neurológicas, el tabaquismo, la tos persistente o algunas cirugías pélvicas.

Según explica el doctor Pedro Blasco, vocal de Actas de la Junta Directiva de la Asociación Española de Urología, «la incontinencia urinaria femenina es un problema muy frecuente, aunque continúa estando infradiagnosticado porque muchas mujeres sienten vergüenza, lo normalizan o no saben que existen tratamientos eficaces».

Además, insiste en que puede aparecer en cualquier etapa de la vida. De hecho, cada vez es más frecuente detectar pérdidas urinarias en mujeres jóvenes que practican deportes de impacto o realizan entrenamientos intensos. La edad, por sí sola, no debería ser motivo para restar importancia a los síntomas.

Tres tipos de pérdidas

No todas las pérdidas de orina son iguales y diferenciarlas resulta fundamental para escoger el tratamiento adecuado. Como asegura el urólogo, la más frecuente es la incontinencia de esfuerzo, que aparece al toser, reír, estornudar, correr, saltar o levantar peso.

La incontinencia de urgencia, en cambio, se caracteriza por una necesidad repentina e intensa de ir al baño que resulta difícil de controlar. Por último, la incontinencia mixta combina síntomas de ambos tipos. «Diferenciarlas resulta fundamental porque no responden a los mismos tratamientos», explica Blasco. «Una intervención diseñada para corregir la incontinencia de esfuerzo no aborda necesariamente la urgencia y, en algunas pacientes, puede incluso agravar los síntomas de vejiga hiperactiva».

Cuando se habla de esta patología, el suelo pélvico suele ocupar un lugar central. Sin embargo, muchos mensajes divulgativos han simplificado en exceso su funcionamiento.

Más allá de Kegel

El suelo pélvico sostiene órganos como la vejiga, el útero y el recto. Para funcionar correctamente necesita fuerza, pero también capacidad para relajarse y coordinarse. Durante años se ha transmitido la idea de que cualquier problema relacionado con esta musculatura se soluciona fortaleciéndola. Sin embargo, no siempre es así. Lola Ibáñez, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico y colaboradora de Intimina, recuerda que «los ejercicios de Kegel son una herramienta muy útil, pero no son la solución universal para todas las mujeres. Antes de recomendar cualquier ejercicio es imprescindible valorar cómo está funcionando ese suelo pélvico, porque no todas las disfunciones tienen el mismo origen».

La especialista explica que un músculo puede funcionar mal por debilidad, pero también por exceso de tensión. Es lo que ocurre en los casos de hipertonía, en los que la musculatura permanece demasiado activada y tiene dificultades para relajarse.

Lejos de ser un problema poco frecuente, puede aparecer en mujeres jóvenes, deportistas o sometidas a altos niveles de estrés. Puede manifestarse con dolor pélvico, urgencia urinaria, sensación de presión, estreñimiento o molestias al sentarse.

Según Ibáñez, vivir en un estado constante de tensión corporal favorece este problema. Por eso insiste en una idea clave: «Antes de fortalecer hay que evaluar. Un músculo no solo debe ser fuerte, sino también funcional: debe ser capaz de contraerse o relajarse cuando le toca y trabajar en coordinación con la respiración».

En este contexto, si algo ha cambiado en los últimos años es el abordaje de esta afección. Hoy el tratamiento se adapta al tipo de pérdidas, a su intensidad y al impacto que tienen sobre la calidad de vida de cada mujer.

Tratamientos a medida

Como recuerda Pérez León, las primeras medidas suelen ser las más sencillas: perder peso cuando existe obesidad, tratar el estreñimiento, mantener una buena hidratación y corregir hábitos que pueden empeorar los síntomas. También puede recurrirse al entrenamiento vesical, una estrategia que ayuda a espaciar progresivamente las micciones y a controlar mejor la urgencia.

La fisioterapia especializada constituye otro de los pilares del tratamiento. «La fisioterapia del suelo pélvico es una pieza fundamental porque no se limita a tratar el síntoma, sino a buscar la causa que lo está provocando. El tratamiento debe adaptarse a cada paciente y puede incluir terapia manual, entrenamiento específico, ejercicio terapéutico, reeducación respiratoria, control postural y educación en hábitos», explica la fisioterapeuta.

Cuando estas medidas no son suficientes, entran en juego otras alternativas. Como explica Blasco, además de tratamientos farmacológicos capaces de controlar la vejiga hiperactiva y reducir los episodios de urgencia, en los últimos años se han incorporado técnicas como las inyecciones de toxina botulínica en la vejiga, la estimulación del nervio tibial o la neuromodulación sacra.

«Disponemos de un abordaje cada vez más personalizado y escalonado», argumenta. «La elección del tratamiento depende del tipo de incontinencia, de la intensidad de las pérdidas, de cómo afectan a la calidad de vida y de las preferencias de cada paciente».

La cirugía queda reservada para las pacientes en las que las pérdidas continúan limitando de forma importante su vida diaria a pesar de las medidas conservadoras. «Se plantea cuando las pérdidas persisten a pesar del tratamiento conservador, afectan significativamente a la calidad de vida y la paciente desea una solución quirúrgica después de conocer sus beneficios y riesgos», explica.

Entre las opciones quirúrgicas figuran las bandas suburetrales y otras técnicas mínimamente invasivas que ofrecen buenos resultados en pacientes seleccionadas.

El mensaje, subraya el especialista, es que hoy existen muchas más alternativas de las que la mayoría de las mujeres imagina y que la cirugía representa solo una parte de un abanico terapéutico cada vez más amplio.

Recuperar la calidad de vida

Como recuerda Ibáñez, «el objetivo no es solo reducir síntomas como las pérdidas de orina o el dolor, sino conseguir que la mujer vuelva a sentirse segura en su día a día, que pueda hacer ejercicio, viajar o vivir sin estar pendiente de su suelo pélvico».

En definitiva, normalizar las pérdidas no las hace desaparecer. Hablar de ellas y consultar a tiempo sigue siendo el primer paso para recuperar la confianza, la libertad y la calidad de vida. El objetivo no se limita a controlar los síntomas, sino a evitar que condicionen la vida cotidiana. «Perder orina puede ser frecuente, pero no es normal ni debe asumirse como inevitable. Ninguna mujer debería dejar de hacer deporte, viajar, salir o mantener relaciones por miedo a las pérdidas», concluye la doctora Pérez León.

¿Cuándo es el momento de consultar?

Perder orina al toser, reír o estornudar; sufrir pequeños escapes al salir a correr o hacer ejercicio físico; necesitar compresas de forma habitual aunque ya no se tenga la menstruación; sentir una urgencia repentina de orinar que impide llegar a tiempo al baño o notar que las pérdidas condicionan el trabajo, los viajes o la vida social son motivos más que suficientes para pedir ayuda profesional.

Sin embargo, muchas mujeres conviven con ello en la intimidad, invisibilizando esta realidad, hasta el punto de que retrasan la consulta durante años porque piensan que se trata de una consecuencia normal de la maternidad o del propio envejecimiento. «No hace falta esperar a que el problema sea grave o a necesitar absorbentes todos los días», recuerda Manuel Ramón Bernal, enfermero experto en continencia y suelo pélvico. De hecho, para el especialista, cuanto antes se consulte a un profesional, más posibilidades habrá de mejorar y recuperar la calidad de vida de forma eficaz.

Errores que empeoran la situación

Reducir la ingesta de agua para evitar escapes, hacer ejercicios de Kegel sin una valoración previa y normalizar las pérdidas retrasando la consulta son tres errores muy frecuentes entre las mujeres con incontinencia urinaria. Según Manuel Ramón Bernal, intentar resolver el problema por cuenta propia puede acabar dificultando su control. Beber menos agua o acudir al baño constantemente «por si acaso» puede alterar el funcionamiento de la vejiga, mientras que los ejercicios de Kegel no siempre son la solución. Por eso, el experto insiste «en la importancia de una evaluación individualizada que permita identificar la causa y elegir el tratamiento más adecuado».

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