¿Afecta la COVID-19 a los riñones?

Científicos del Departamento de Nefrología y Reumatología del Centro Médico Universitario de Gotinga (Alemania), han advertido de las posibles consecuencias a largo plazo de la COVID-19 en los riñones.

Los riñones son un órgano diana de la COVID-19 y se ven afectados en una fase muy temprana de la enfermedad. Sin embargo, es precisamente aquí donde existe un fuerte potencial pronóstico: ya en la primavera pasada, la nefritis asociada a COVID-19 se identificó como una señal de alerta temprana de los cursos graves de la enfermedad infecciosa y se publicaron estudios al respecto.

En este trabajo, los investigadores examinaron a 223 pacientes en un estudio e incluyó a 145 de ellos como cohorte predictiva. Los criterios de valoración del estudio fueron el ingreso en la unidad de cuidados intensivos (UCI) o la mortalidad.

El resultado fue que los cambios urinarios tempranos, fácilmente detectables mediante tiras reactivas, indicaban una evolución más grave de la COVID-19. Cuando se combinaron como sistema predictivo (marcadores de orina y suero), fue posible predecir los resultados. “Esto significa que los valores renales son un sismógrafo del curso de la enfermedad COVID-19”, ha explicado el líder del estudio, Oliver Gross, en la conferencia de prensa de apertura del Congreso ERA-EDTA 2021.

Sin embargo, la afectación renal es algo más que un marcador predictivo de la evolución de la enfermedad, sino también un factor de riesgo de mortalidad muy importante. Varios estudios han demostrado que, en los pacientes con COVID-19, la afectación renal, es decir, la albuminuria (y/o la hematuria), suele producirse en las primeras fases de la enfermedad.

Un estudio chino concluyó que la afectación renal en los pacientes con COVID-19 empeoraba drásticamente el pronóstico de la nueva enfermedad vírica y multiplicaba por diez la mortalidad (el 1,25% de los pacientes sin afectación renal morían frente al 11,2 por ciento de los pacientes con afectación renal). Hasta ahora, la aparición de una lesión renal aguda (LRA) era el único factor predictivo independiente conocido de la mortalidad, pero parece que los signos tempranos de afectación renal, como la proteinuria, la hipoproteinemia y el déficit de antitrombina III tienen importancia predictiva. Esto plantea la cuestión de si pueden esperarse impactos específicos a largo plazo en los riñones tras la COVID-19 y cuáles.

Los datos sobre la lesión renal aguda (IRA) son relativamente claros: en los casos de IRA, la función renal se recupera al cabo de siete días, a diferencia de la enfermedad renal aguda (ERA), en la que la recuperación de la función renal tarda más tiempo, concretamente hasta 90 días. Sin embargo, también hay muchos pacientes en los que la función renal no se recupera en absoluto, sino que se deteriora gradualmente a lo largo de la enfermedad, es decir, que desarrollan una enfermedad renal crónica.

“Podemos decir que algo más de la mitad de los pacientes que adquieren una IRA desarrollarán posteriormente una enfermedad renal crónica. Esta tasa también puede esperarse tras una IRA asociada a COVID-19. Es importante que los afectados reciban cuidados nefrológicos posteriores para que la pérdida de la función renal se ralentice o, si es posible, se detenga mediante una terapia adecuada”, explica el profesor Gross.

Pero, ¿qué ocurre con los pacientes que no han sufrido una insuficiencia renal aguda, sino “solo” una disfunción renal inicial? También en este caso, el experto aconseja precaución y cuidados posteriores: “Hay estudios en curso cuyos resultados aún están pendientes, pero ya se han detectado cambios tisulares moleculares asociados al SARS-CoV-2 en varios órganos en los que se ha detectado la replicación viral”. En este sentido, cabe esperar que se produzcan daños a largo plazo en los órganos afectados y en las entidades postoperatorias.

La conclusión más importante a la que llega el experto es que “el riñón debe estar en el centro de los cuidados posteriores a la COVID-19, además de los pulmones, el corazón y el sistema nervioso”.  “Esto es aún más importante porque el tratamiento temprano puede detener la pérdida de la función renal, y en los últimos años, especialmente, se han lanzado al mercado algunas terapias nuevas y eficaces, como los inhibidores de SGLT-2, para satisfacer esa necesidad. Hoy en día, la necesidad de diálisis puede retrasarse a menudo durante años, incluso décadas, si el tratamiento se aplica rigurosamente desde el principio. Dado que la enfermedad renal no produce síntomas hasta muy tarde, queremos concienciar a las personas que han padecido la enfermedad de COVID-19 de la posibilidad de consecuencias a largo plazo en los riñones. Es importante que los médicos de cabecera comprueben regularmente los valores renales de sus pacientes (TFG, albuminuria), al igual que ocurre con otros grupos de riesgo de enfermedad renal, como los pacientes con diabetes mellitus e hipertensión arterial”, concluye.

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