La incontinencia urinaria (IU) es mucho más que simples “escapes molestos de orina”. Se trata de una condición de alta prevalencia, particularmente en mujeres y adultos mayores, que afecta la autonomía, interrumpe el sueño y deteriora la piel por la humedad continua, desencadenando dermatitis asociada a incontinencia (DAI). Todo esto se traduce en un impacto creciente sobre los recursos clínicos y financieros del sistema de salud.
Pese a su magnitud, la IU permanece subdiagnosticada. En la consulta, suele ocultarse por vergüenza o por la normalización cultural del síntoma; en la gestión, se minimiza al considerarse únicamente un asunto de insumos. La realidad es distinta, su abordaje requiere pesquisa activa, diagnóstico temprano y manejo integral desde la atención primaria, siguiendo las recomendaciones de las guías NICE y EAU.
Tal como advierte la doctora Paola Orrego Rojas, uróloga de la Clínica Colsanitas, la implementación de protocolos de seguridad del paciente y la selección de insumos con criterios de desempeño superabsorbencia, ajuste anatómico y transpirabilidad no solo previenen complicaciones, sino que optimizan recursos y preservan la dignidad de los pacientes.
¿Qué es la incontinencia urinaria y a quién afecta?
La International Continence Society define la incontinencia urinaria como cualquier pérdida involuntaria de orina. La definición es clínica, lo que refiere la persona y permite dimensionar el problema desde la consulta, sin exigir mediciones complejas para reconocer su impacto.
Bajo esta nomenclatura, se distinguen los subtipos principales como lo son de esfuerzo (fuga con tos, estornudo o esfuerzo), de urgencia (precedida de urgencia miccional) y mixta. La magnitud es alta; la prevalencia femenina global se acerca a una de cada cuatro mujeres y se incrementa con la edad y el índice de masa corporal.
Este dato explica por qué el tema aparece de forma sostenida en la atención primaria y, a la vez, por qué suele permanecer invisible si no se pregunta de manera explícita. Desde la práctica diaria, la Dra. Paola Orrego recuerda que la puerta de entrada condiciona todo: “muchas mujeres normalizan las pérdidas de orina por embarazo, menopausia o edad, y muchos hombres posponen la consulta por vergüenza o miedo a un diagnóstico grave”. Si el equipo de primer nivel no indaga de forma proactiva, la incontinencia urinaria “no existe” y se retrasa el abordaje.
¿Cómo impacta la vida diaria?
La IU obliga a reorganizar rutinas y limita actividades que sostienen la calidad de vida; actividades como hacer ejercicio, viajar, socializar o dormir de corrido. La nicturia y la urgencia nocturna fragmentan el sueño, lo que genera somnolencia diurna, menor productividad y mayor irritabilidad entre los pacientes. En adultos mayores, ese “apuro” nocturno eleva el riesgo de tropiezos, fracturas y alimenta el círculo de la fragilidad.
La especialista Orrego propone leer la IU como un indicador temprano de vulnerabilidad funcional que requiere evaluación integral y medidas de seguridad en el hogar (iluminación adecuada, barras de apoyo, horarios miccionales) y revisión de fármacos que aumentan somnolencia o hipotensión.
Asimismo, el impacto también es emocional. En mujeres y en cuidadores se describe mayor carga de ansiedad y síntomas depresivos, con tendencia al aislamiento social. Para los servicios de salud, esto implica que el plan de manejo debe incluir educación, entrenamiento conductual y, cuando proceda, apoyo de fisioterapia de piso pélvico y acompañamiento psicosocial.
Evaluación y manejo de primera línea en la APS
Las guías NICE y EAU recomiendan estandarizar la consulta inicial con historia dirigida (para tipificar la clase de incontinencia esfuerzo, urgencia, mixta), un diario miccional breve, exploración física e identificación de síntomas como hematuria, dolor, infecciones urinarias recurrentes, síntomas neurológicos o masa pélvica.
Además de pruebas básicas según el contexto del paciente, en la misma visita se plantean las intervenciones de primera línea entrenamiento del piso pélvico (PFMT), entrenamiento vesical, ajuste de líquidos y peso, y educación sobre hábitos miccionales. Si el manejo conservador fracasa o hay signos de alarma, se indica remisión a urología/uroginecología para terapias farmacológicas, urodinamia selectiva o cirugía (por ejemplo, slings en IU de esfuerzo bien seleccionada).
La Dra. Orrego insiste en que la APS debe preguntar de forma proactiva. Dos preguntas sencillas “¿ha tenido pérdidas involuntarias en el último año?” y “¿afecta su vida diaria esta incontinencia?” estas preguntas abren la puerta al diagnóstico y a intervenciones que cambian la trayectoria clínica del paciente. Cuanto antes se inicien PFMT y entrenamiento vesical, mejores serán los resultados y menos pacientes escalarán a tratamientos complejos.
Piel, humedad y seguridad del paciente
Una consecuencia subestimada de la IU es la dermatitis asociada a incontinencia (DAI). La exposición repetida de la piel a orina y/o heces macera, erosiona y duele; además, facilita úlceras por presión y sobreinfecciones. Los consensos internacionales recomiendan una estrategia dual, por un lado, controlar la humedad con cambios oportunos y productos con alta capacidad de absorción y transpirabilidad; por otro, proteger la barrera cutánea con limpieza suave y cremas barrera.
Integrar protocolos de cuidado de piel en salas, hogares y residencias reduce consultas, antibióticos y estancias, con beneficios clínicos y económicos. La Dra. Orrego añade: “el desajuste entre la severidad de las pérdidas de orina y el producto disponible multiplica problemas cambios insuficientes, más tiempo de humedad sobre la piel y, en consecuencia, más DAI, más dolor y más consumo de recursos”. Elegir bien los productos absorbentes y cambiar a tiempo es tan clínicamente relevante como pautar un buen PFMT. “No todas las marcas con diseños similares rinden igual; conviene preferir superabsorbentes, buen ajuste y transpirabilidad”, afirmó.